Debido al accidente de tren ocurrido en esta semana, me he planteado escribir este post del mes para explicar qué le ocurre a una persona cuando vive una experiencia que amenaza su vida, rompe de golpe su sensación de seguridad y la enfrenta a la posibilidad de morir o perder a alguien.

 

·       EL MUNDO DEJA DE SER UN LUGAR SEGURO

Vivimos con cierta confianza en el mundo que nos rodea y en general, suele ser bastante predecible. Tenemos rutinas de trabajo, sociales, familiares… caminamos por la calle o nos despedimos de alguien dando por hecho que, en principio, todo seguirá su curso habitual. No significa que creamos que nada malo puede sucedernos, sino que necesitamos una cierta sensación de continuidad, confianza en el entorno y la percepción de que tenemos cierto control sobre lo que nos sucede.

Sin embargo, hay acontecimientos que irrumpen de manera inesperada y destruyen esa sensación de seguridad en cuestión de segundos. Un accidente ferroviario es un ejemplo de cómo una situación cotidiana puede transformarse en una experiencia de peligro extremo.

En esos momentos, nuestra atención se concentra en sobrevivir. Nuestro organismo pone en marcha respuestas que tienen una función adaptativa para intentar protegernos. La experiencia dejará una huella que va más allá de lo que ocurrió físicamente. Puede afectar a nuestra sensación de seguridad, a la confianza en el entorno y a la percepción de que tenemos cierto control sobre lo que nos sucede. No solo nos impacta lo que ha ocurrido, sino también lo que ese acontecimiento cambia nuestra manera de percibir el mundo.

No todas las personas que viven un mismo acontecimiento reaccionarán de la misma manera. La experiencia subjetiva, la percepción de amenaza, las circunstancias personales, los antecedentes y los apoyos disponibles influirán en cómo afronta lo sucedido.

·       EL CUERPO REACCIONA ANTES DE QUE PODAMOS COMPRENDER LO QUE ESTÁ PASANDO

Ante un peligro extremo, el sistema nervioso autónomo participa en la organización de respuestas que preparan al organismo para actuar: puede haber respuestas de lucha y huida, pero también de inmovilidad, bloqueo o nos podemos desconectar y disociar de lo que sucede alrededor (por ejemplo, algunas personas describen sensación de irrealidad, como si estuvieran viendo una película o explican que no sentían su cuerpo como habitualmente). Estas respuestas son defensivas ante una situación que supera, en ese momento, la capacidad de respuesta de la persona. Es muy importante que entendamos que esas respuestas defensivas son automáticas, es decir, no parten de una decisión voluntaria propia sino que nuestro cerebro toma decisiones rápidas basadas en cómo sobrevivir de la mejor manera posible en esa situación amenazante. Por lo tanto, quedarse paralizado no significa ser cobarde, del mismo modo que sentir miedo no significa ser débil.

Cuando el peligro termina, el cuerpo puede tardar en recuperar la calma. Una vez que la persona está físicamente a salvo, puede seguir experimentando una intensa activación corporal: el corazón continúa acelerándose ante determinados estímulos, los ruidos inesperados provocan sobresaltos, cuesta conciliar el sueño o aparece la necesidad constante de vigilar el entorno y se está en una sensación de alerta continua.

Otras personas experimentan lo contrario: agotamiento, sensación de vacío, desconexión emocional o dificultad para sentir el propio cuerpo.

En ambos casos es posible que aún no se haya podido recuperar la sensación de seguridad y se siente que el peligro aún no ha pasado. Saber que estamos a salvo no siempre significa sentir que lo estamos. De hecho, durante los siguientes días, algunas de estas reacciones pueden formar parte de la respuesta inmediata a una experiencia extrema. Habrá que ir observando su intensidad, evolución y repercusión en la vida cotidiana.

 

·       EL IMPACTO EMOCIONAL DE UNA EXPERIENCIA TRAUMÁTICA

Después de una experiencia traumática existen diversas respuestas emocionales que pueden sentirse:

  • Miedo y sensación de amenaza: temor a que vuelva a ocurrir algo parecido, a viajar de nuevo o a perder el control.

  • Confusión y sensación de irrealidad: dificultad para asimilar lo sucedido, sensación de estar en una nube o de que aquello no puede estar pasando.

  • Tristeza y desamparo: especialmente cuando hay lesiones, pérdidas, separaciones o incertidumbre sobre el estado de otras personas.

  • Irritabilidad y enfado: una mayor sensibilidad, impaciencia o dificultad para tolerar situaciones cotidianas.

  • Culpa: preguntas como «¿Por qué yo he sobrevivido?», «¿Podría haber hecho algo diferente?» o «¿Por qué no ayudé más?».  Es importante comprender que estas preguntas pueden ser intentos de encontrar una explicación o recuperar una sensación de control ante algo profundamente imprevisible. No significa que la persona sea responsable de lo ocurrido.

  • Entumecimiento emocional: dificultad para sentir, llorar o conectar con las propias emociones, incluso cuando la persona reconoce la gravedad de lo sucedido.

Cuando una experiencia es repentina y amenaza nuestra vida o nuestra integridad, puede resultar difícil asimilarla. La persona puede preguntarse una y otra vez cómo ha podido ocurrir, reconstruir mentalmente lo sucedido o sentir que todavía no termina de creerse que haya pasado. La mente intenta dar sentido a algo que ha irrumpido de manera abrupta en la vida de la persona, alterando sus expectativas y su percepción de seguridad.

Es importante no exigir que alguien pase página en un plazo determinado ni dar por hecho que, porque haya retomado su vida cotidiana, ya se encuentra emocionalmente recuperado. Las emociones requieren un tiempo para que se puedan expresar, regular e integrar.

 

·       CUANDO EL ACCIDENTE TERMINA PERO SUS CONSECUENCIAS CONTINÚAN

Una persona que ha sufrido un accidente grave puede experimentar recuerdos involuntarios, pesadillas, sobresaltos o una reacción intensa ante sonidos, movimientos o situaciones que le recuerden lo sucedido.

Es posible que aparezcan respuestas de evitación relacionadas con la experiencia traumática: evitar viajar en tren, acercarse a estaciones, hablar del accidente o ver imágenes que recuerden lo sucedido. A corto plazo, la evitación puede reducir la angustia. Hay que vigilar esas respuestas de evitación ya que si la evitación se generaliza, puede dificultar que la persona recupere actividades importantes y vuelva a sentirse capaz de desenvolverse con normalidad.

Pueden verse afectados el sueño, la concentración, el apetito y las relaciones personales.

Experimentar estas reacciones no equivale necesariamente a desarrollar ningún trastorno mental. Muchas personas mejoran gradualmente con el paso del tiempo y con el apoyo de su entorno. Otras sí necesitarán atención especializada.

La hipervigilancia es otro de los síntomas más comunes que se sienten tras una experiencia traumática: vivir como si algo malo pudiera volver a suceder.

 

 ·       ¿QUÉ AYUDA DESPUÉS DE UNA EXPERIENCIA TRAUMÁTICA?

La experiencia de cada persona dependerá de múltiples factores:

  • La proximidad al peligro y la percepción de amenaza para la propia vida.

  • Las lesiones físicas y el dolor.

  • La pérdida de seres queridos y la incertidumbre sobre su situación.

  • Las experiencias traumáticas previas.

  • La disponibilidad de apoyo emocional y práctico.

  • Las circunstancias personales y sociales en las que se produce la recuperación.

Además, algunas personas pueden haber vivido otras experiencias que se reactiven a raíz del accidente. No hay una forma única de reaccionar o de recuperarse.

Propongo algunos objetivos que serán útiles en las primeras semanas:

-RECUPERAR LAS SENSACIONES BÁSICAS DE SEGURIDAD: Esto implica, en primer lugar, atender las necesidades físicas: recibir atención médica cuando sea necesaria, disponer de un lugar seguro donde descansar, conocer la situación de nuestros seres queridos y contar con información fiable sobre lo ocurrido.

Pero la seguridad también tiene una dimensión emocional. Sentir que podemos bajar la guardia, que no tenemos que estar permanentemente pendientes de lo que sucede y que contamos con personas en las que podemos confiar puede ayudarnos a recuperar cierta estabilidad.

-RESPETAR LOS TIEMPOS Y LAS NECESIDADES DE CADA PERSONA: Hay quien necesita hablar y quien prefiere guardar silencio. Algunas personas buscan compañía constante y otras necesitan momentos de tranquilidad. No es necesario obligar a alguien a contar lo que ha vivido para demostrar que está afrontándolo.

-ESCUCHAR SIN JUZGAR NI INTENTAR ENCONTRAR EXPLICACIONES PRECIPITADAS: Frases como «podría haber sido peor», «tienes que ser fuerte» o «ya ha pasado, intenta olvidarlo» pueden transmitir involuntariamente que la persona debería dejar de sentirse como se siente. Y lo que provocan es que la persona no se sienta comprendida.

A veces, resulta más útil decir: «No puedo imaginar del todo lo que has vivido, pero estoy aquí contigo» o «No tienes que explicarme nada si ahora no te apetece». O directamente preguntar a la persona qué puede estar necesitando.

-AYUDAR A RECUPERAR PEQUEÑAS RUTINAS Y EL CONTACTO CON EL PRESENTE: A medida que las circunstancias lo permitan, descansar, alimentarse, caminar, mantener el contacto con personas de confianza y recuperar actividades cotidianas puede contribuir al bienestar. No se trata de exigir una vuelta rápida a la normalidad, sino de recuperar gradualmente cierta estabilidad.

También pueden ayudar las actividades que permiten conectar con el presente: prestar atención a los sonidos del entorno, notar el apoyo de los pies en el suelo, reconocer las sensaciones corporales o concentrarse en una actividad sencilla. Muchas personas sentirán que siguen todavía “allí”, en el pasado, y si esto persiste, es un síntoma que indica la necesidad de búsqueda profesional.

No se trata de distraerse para no pensar en lo sucedido ni de obligarse a estar bien. Se trata de recuperar, poco a poco, la posibilidad de habitar el presente sin que toda la atención quede atrapada en la experiencia vivida o en el temor a que vuelva a ocurrir.

-NO FORZAR LA EXPOSICIÓN A RECUERDOS NI LA EXPRESIÓN EMOCIONAL: Ver repetidamente imágenes del accidente, reconstruir mentalmente lo sucedido o contar los detalles una y otra vez no son requisitos para recuperarse.

-VALORAR CUÁNDO PUEDE SER IMPORTANTE BUSCAR AYUDA PSICOLÓGICA: si las reacciones son muy intensas, si existe una sensación persistente de desbordamiento o si aparecen dificultades importantes para dormir, relacionarse, trabajar o retomar las actividades cotidianas. También es importante prestar atención a los recuerdos intrusivos, las pesadillas, la evitación creciente de situaciones habituales y la sensación constante de estar en peligro.

Si los síntomas persisten, empeoran o interfieren significativamente en la vida diaria, conviene solicitar una valoración profesional. La atención temprana debe responder a las necesidades de cada persona, sin asumir que todo el mundo necesita el mismo tipo de intervención.

Y si aparecen pensamientos suicidas, riesgo de hacerse daño o una incapacidad para mantenerse a salvo, es necesaria una atención urgente.

Pedir ayuda no significa que la persona sea incapaz de superar lo ocurrido. Significa que no tiene por qué hacerlo sin apoyo.

Por último, la recuperación no consiste en borrar lo sucedido sino en poder recordar sin sentirse de nuevo en peligro, recuperar la confianza en el propio cuerpo y en el entorno y volver a habitar el presente sin que todo quede organizado alrededor de lo que ocurrió. Cada persona necesitará un tiempo y un acompañamiento diferentes.

Espero que este post sirva de ayuda y expreso mis más sinceras condolencias para los familiares y las víctimas del accidente ferroviario.

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